Coach Alberto Sánchez-Bayo Sánchez

El talento: tu mejor moneda

Por Alberto Sánchez-bayo Sánchez


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Los mercados monetarios están de actualidad. Existe en las economías occidentales un exceso generalizado de endeudamiento, esto es, un compromiso de pago de los diferentes agentes económicos (individuos, familias, empresas, instituciones privadas, sociales y políticas) que supera su capacidad para generar ingresos o hacer efectivos sus derechos de cobro. En estos momentos de sequía financiera que pone en riesgo (junto a las practicas fiscales y laborales) la estabilidad económica, no está demás volver al origen de la moneda y su relación con la capacidad de los agentes económicos para generar valor y riqueza.

El dinero es un invento de la humanidad, una fabulosa idea que facilitó la expansión de la actividad económica. Antes de la aparición de la moneda, el intercambio de bienes y servicios tuvo lugar mediante el trueque (fórmula que en la actualidad vuelve a resucitar debido a la situación de aridez financiera), un ajuste de difícil realización que implicaba establecer un acuerdo sobre el valor de cada bien y que estos fueran equiparables para poder cuadrar la transacción. Por ello comenzaron a atribuirse a determinados bienes “necesarios” para la población, un valor de referencia (sal, aceite, vino, granos, hojas de tabaco, semillas de cacao,…). Estos bienes además tenían la particularidad de su divisibilidad lo que facilitaba las operaciones de intercambio. Dado que muchos de estos valores de referencia eran perecederos y que comenzó a existir una creciente diferenciación de los individuos en el contexto social, los metales por sus atributos de perdurabilidad, liquidez, facilidad de transporte y simbólico de poder social, se convirtieron con el tiempo en el valor por excelencia para el intercambio. A medida que las sociedades se volvían más complejas para hacer frente a la supervivencia el patrón de intercambio pasó de ser el alimento, a ser el metal precioso vinculado al poder ejercido dentro del grupo social. No está de más recordar que el patrón oro ha respaldado la monedas de cotización internacional hasta la primera guerra mundial y desde el final de la segunda guerra mundial hasta 1971, y que en ese periodo entreguerras se emitió moneda sin respaldo para financiar las desahuciadas economías de la contienda lo que terminó generando un proceso inflacionario incontrolable, el crack financiero del 29 y la gran depresión a la que se dio salida con una nueva guerra.

Pero volvamos a los tiempos bíblicos del Antiguo Testamento. La medida del patrón metálico de intercambio se estableció en peso (nombre de muchas monedas iberoamericanas). La unidad básica en la zona mesopotámica era el siclo, del hebreo sekhel (actual moneda del estado de Israel), cuya etimología hace referencia a pago, peso, salario. Un siclo eran 12 gramos del metal correspondiente (plata, oro,…), la mina (720 gramos) equivalía a 60 siclos, y el talento a 60minas o 3600 siclos (43 Kilos). Cuando las operaciones eran de gran envergadura como para la construcción de edificios públicos, indemnizaciones por guerras, etc. (por ejemplo en la invasión de Jerusalén por los asirios, el rey Ezequías debió pagar al rey Senaquerib 300 talentos de plata y 30 talentos de oro, esto es, 12.900 kilos de plata y 1290 kilos de oro) el acarreo de los metales para la realización del pago no era una cuestión precisamente ligera. Este problema fue resuelto por el rey Giges de Lidia (en la actual Turquía) quien tuvo la genial idea de hacer fundir el metal en pequeñas piezas en las que constaba su peso y la impresión del símbolo de poder del emisor. Así nació en el siglo VII a.C. la moneda, un medio de intercambio con valor en sí mismo, la medida de peso del metal, y acuñadas por quien ostentaba el poder del grupo, dando fe de sello real grabado en una de sus caras. El éxito de la moneda se expandió rápidamente desde Lidia a Persia, Palestina, Grecia, Roma, … hasta nuestros días en todo el mundo.

El fabuloso invento de la moneda facilitó la expansión y complejidad de actividad económica en contextos cada vez menos dependientes de la naturaleza (p.e. ciudades) e integrando territorios distantes bajo un mismo poder (p.e. imperio romano) sin olvidar la inavsión de territorios ricos en metales preciosos. Y al mismo tiempo confería poder a quien la poseía o a quien la acuñaba. Pero el dinero no solo dotaba de poder para la supervivencia, especialmente en núcleos urbanos, sino que su acumulación daba acceso al disfrute de una calidad de vida mejor. La moneda ya no era solo un medio de pago, comenzó a ser un fin en sí mismo. La riqueza material empezó a valorarse cada vez más en términos monetarios y en tiempos de Roma comenzó a utilizarse el TALENTO como unidad monetaria simbólica para referirse a grandes cantidades de dinero (recordemos que de estar acuñada sería de difícil manejo por su peso). La ambición por el dinero debió llevar a olvidar otras riquezas inherentes al ser humano y disponibles por él, riquezas intangibles de difícil valoración monetaria y que sin embargo están en el origen de su valor: la capacidad humana, su aptitud para el desempeño de una ocupación o actividad por la que recibir un pago, un salario. De ahí la parábola de los talentos en la que se instruye sobre el aprovechamiento de los dones recibidos por Dios.

Han pasado 2000 años y las ambiciones humanas por el dinero apenas han variado. En estos últimos años la acumulación y concentración de riqueza ha sido una de las notas destacadas de la dinámica económica, una conducta que refleja el miedo al futuro. El dinero ya no está respaldado por metales, pues no habría metales preciosos suficientes en el mundo, salvo por el uranio asociado al poder de la energía nuclear. Las monedas tienen un valor residual en si mismas y la fórmula de derecho “pagaré al portador …” ha desaparecido de los billetes de euro. La riqueza monetaria se ha convertida en apuntes de cuenta que reflejan el movimiento de fichas de plástico y billetes de monopoly. El dinero en si mismo ha perdido su valor pero permanece el valor del poder impreso en él mientras dure la confianza en las instituciones. Ahora en tiempos de endeudamiento crítico, el conjunto de los agentes económicos ponen su esperanza en el acceso al dinero pero las políticas macroeconómicas de ajuste sean financieras, fiscales y laborales parecen negárselo. Falsas esperanzas que de cumplirse ahondarían un endeudamiento que sería insalvable y nos enfrentaría a escenarios y sombras análogos a los ya vividos tras la primera guerra mundial. Rescatemos la economía y el bienestar desde la moneda del TALENTO, la capacidad de generar valor y riqueza a partir de nuestra mayor riqueza individual, la capacidad asignada a cada ser humano que le confiere una competencia especial para ofrecer servicio y utilidad a su entorno.

El TALENTO de la sociedad está dividido y distribuido en TALENTOS PERSONALES dando a cada persona un valor único, necesario y especial. Cada persona tiene un peso específico en esta sociedad y sus organizaciones que hay que valorar. El talento es un salario de por vida, es la aptitud innata por la que cada persona puede obtener un pago por los servicios de su competencia natural que presta al otro cubriendo sus necesidades satisfactoriamente. El talento es el motor más potente de la economía y el bienestar personal y social. El talento es útil y productivo, valora adecuadamente a las personas y sus realizaciones, nos motiva y compromete con nuestros proyectos vitales, nos permite encontrar nuestro lugar en la sociedad para mejorarla. El talento es la mejor moneda de intercambio, es la fuente de financiación esencial, el mejor poder personal. Si quieres ser rico de verdad, en todos los órdenes de la vida, comienza a compartir tu riqueza, ofrece valor desde tu talento, contribuye a crear riqueza a tu alrededor. Generarás ingresos y tus cobros no estarán amenazados. Las otras monedas, los apuntes en tus cuentas bancarias, serán el resultado de tu más valiosa moneda: el TALENTO. TU TALENTO ES NECESARIO NO SOLO PARA TI, ES NECSARIO PARA TODOS.

© 2012, Alberto Sánchez-Bayo Sánchez

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